Él, tal como venía haciendo desde hace unos años, se arrodilló a los pies de su cama y comenzó a besarle los pies muy suavemente hasta despertarla.
- Buenos días mi perro.
- Buenos días Señora. Espero haya descansado bien. Su desayuno está listo.
Como cada día, durante los últimos 5 años, no podía evitar excitarse al despertarla. En esos momentos su cinturón de castidad le recordaba que ya ni su vida, ni su placer, eran suyos. Se los había entregado a Ella hasta el fin de sus días.
Cuando se agachó a recoger su bata para ayudarla a ponérsela, Ella pudo observar en su hermosa espalda desnuda, las marcas aún visibles que había dejado su látigo unos días antes.
Sonrió satisfecha sabiendo que el castigo a su soberbia había dado resultado, ya que ahora se mostraba dócil y tierno con ella, complaciente y entregado como Ella lo deseaba siempre.
Le ayudó a ponerse su bata y la siguió a cuatro patas hasta situarse de rodillas a una distancia prudencial del sillón y la mesita en la que su Ama se disponía a tomar su desayuno habitual: café, zumo natural y tostadas.
- Hueles mal. ¿Has limpiado ya el chiquero y los establos?
- Sí Señora. Como cada día me he levantado aún de noche. He comido sus divinas y escasas sobras del día anterior y me he dedicado a limpiar la pocilga y los excrementos de los caballos. Me he aseado antes de venir a despertarla Señora, pero cada vez este olor me penetra más. Forma parte de mí, será que poco a poco me estoy convirtiendo en uno de ellos Señora.
- Será eso sin duda.- le dijo de forma escueta mientras su imaginación volaba hacia su esclavo y la pocilga con cerdos que había en una parte de la villa.
Volviendo a la realidad le contó:
- Debes saber que hoy es un día especial perro. Y eso significa que tendrás que trabajar mejor y más duro que nunca. A partir de las 12.00 esperamos la llegada de un buen número de Amas y Amos con sus propiedades. Vamos a tener todas las habitaciones del hotel ocupadas. Y por supuesto, quiero que todo esté perfecto y se sientan como en casa.
- Sí mi Señora, trabajaré todo lo que haga falta por complacerla y que se pueda sentir orgullosa de mi trabajo.
- Ocúpate también de la zorra de la cocina, que haga bien su trabajo o lo pagará muy caro. La quiero trabajando sin descanso, y como no cumpla a la perfección tú también serás castigado ¿queda claro?
- Sí Ama, muy claro. Me ocuparé de transmitirle sus deseos.
La zorra de la cocina no era otra que la madre de su esclavo personal y también del jardinero. Todos trabajaban para Ella por el mero hecho de servirla, de adorarla. La madre y sus dos crías buscaban afanosamente el sufrimiento en su vida, no concebían otro modo de vivir ya que eran masoquistas, todos. Obviamente en este caso el refrán de tal palo, tales astillas, resultaba totalmente cierto. Sería muy difícil decir quien era el peor de ellos.
Así ocurrió que poco a poco, la Señora fue haciéndose primero con el dominio de su esclavo personal, otorgándole por puro placer el sufrimiento y la tortura que su vida masoquista demandaba, lo que provocaría la envidia incontenible de su madre y hermano, que un buen día se arrastraron a sus pies suplicando recibir el mismo trato.
Por supuesto Ella no se lo pensó dos veces. La madre, aunque bastante zorra por naturaleza, podría encargarse de la cocina en su hotel rural, y el otro miserable podría trabajar de jardinero y en el huerto. A cambio, sólo recibirían exigencias, sufrimiento, dolor, más trabajo y más sufrimiento aún. Todo un sueño para cualquiera de ellos.
Los peores trabajos, los más duros y sucios los reservaba para su mascota especial.
Pero también aquellos especiales que tenían que ver con Ella y con la adoración de un esclavo a su Ama.
- Ama, ¿que ropa desea que le prepare?
- Hoy me apetece montar mientras superviso los trabajos para la llegada de los huéspedes. Así que la blusa y el pantalón blancos, las botas de montar y la chaqueta negra. No olvides el casco, los guantes y mi fusta de cuero.
- Sí Ama, prepararé su ropa y me prepararé yo en seguida.
Ella disfrutó al ver la rapidez con la que su esclavo había captado sus intenciones. Le gustaba montar y llevar al galope a su caballo pura sangre por las extensas tierras. Pero montar a su esclavo y que este la llevara por las dependencias de la villa era otro de los placeres que vivía.
Mientras lo montaba, lo trataba exactamente igual que se trata a un caballo. Con el tiempo habían llegado a un lenguaje no verbal que su montura conocía perfectamente. La dirección a seguir la marcaba las riendas sujetas a su bocado haciéndole girar la cabeza en el sentido deseado. Sólo usaba la fusta cuando deseaba que su corcel se lanzara al galope. Para indicarle que fuera más rápido o para ponerlo en movimiento, azuzaba a su pony-boy clavándole los tacones de sus botas en los costados. Lucía ya unas marcas permanentes debidas a los años de monta. De tanto en tanto ella le dedicaba únicamente las palabras y caricias justas de aliento, aquellas que todo animal fiel merece, pero no se excedía.
Después de ayudarla a vestirse se dirigieron hacia una puerta en la propia habitación de la Dueña. Era un cuarto especial de juegos, uno de tantos con los que contaba la casa en realidad. Pero éste era especial porque en ocasiones ella gustaba de jugar con él allí y luego dejarlo encerrado toda la noche, de rodillas, atado a un cepo de cara a la pared en la cual había una minúscula abertura. A través de ella él podía ver un poco de la cama de su Dueña y cómo ésta era atendida en el más mínimo de sus deseos por algún guapo y corpulento caballero. Cuando esto ocurría resonaba en su cabeza una voz dulce pero cargada de crueldad que le decía: ¡¡Jamás volverás a meterla!! ¡¡Jamás!! ¡¡Recuérdalo perra de mierda!!
Cómo le excitaba su crueldad sin límites, pero una vez más el apretado cinturón que le impedía siquiera tener una erección en condiciones, le devolvía a su realidad. Por momentos pensaba que iba a enloquecer de deseo cualquier día y que no lo soportaría más, pero afortunadamente allí estaba Ella para ayudarle a asumir su condición y su destino.
- Hoy prefiero que mi pony tenga 4 patas, en posición, vamos.
Él sabía que desde ese momento dejaba de ser humano para ser la montura de su Diosa y como tal debía comportarse. Silenciosamente pensaba en el sufrimiento que le esperaba. La villa era muy grande. En la tercera planta se encontraban las dependencias privadas de la Señora, su habitación, varios cuartos de juego y algunas habitaciones y salones para sus amistades más cercanas. La segunda planta estaba ocupada íntegramente por diez habitaciones destinadas al alojamiento de los clientes del hotel y algún salón acondicionado para juegos. Por último, la planta baja acogía el comedor, un salón principal exquisitamente decorado destinado a la celebración de fiestas o distendidas charlas, una biblioteca y varios pequeños salones más íntimos. La cocina y la lavandería, ocupaban casi un lateral trasero de la casa y tenía acceso directo a la finca y huerto en el que se cultivaban con esmero las mejores frutas y hortalizas de cada temporada.
- Sí, pensaba él. Si la Señora quiere supervisar todos los trabajos me espera una sufrida cabalgada. Ufff, a 4 patas, como más sufrirá mi espalda, si su deseo es reventarme, así sea.
Le colocó todos los arreos necesarios: su silla con estribos…sin mantillo debajo para que el cuero duro siguiera ayudando a curtir su castigada espalda, el bocado completo con las riendas, sus pezuñas delanteras, incluso una hermosa cola de caballo que sobresalía directamente de un plug que insertó en su ano sin mucha contemplación.
- Ahora estás perfecto mi pony.
Lo montó sintiendo su suave relincho de satisfacción al sentir el peso de su Ama sobre él.
Clavó sus tacones en ambos costados y sin una queja comenzó a moverse camino a donde Ella quisiera guiarlo.
Continuará…
- Buenos días mi perro.
- Buenos días Señora. Espero haya descansado bien. Su desayuno está listo.
Como cada día, durante los últimos 5 años, no podía evitar excitarse al despertarla. En esos momentos su cinturón de castidad le recordaba que ya ni su vida, ni su placer, eran suyos. Se los había entregado a Ella hasta el fin de sus días.
Cuando se agachó a recoger su bata para ayudarla a ponérsela, Ella pudo observar en su hermosa espalda desnuda, las marcas aún visibles que había dejado su látigo unos días antes.
Sonrió satisfecha sabiendo que el castigo a su soberbia había dado resultado, ya que ahora se mostraba dócil y tierno con ella, complaciente y entregado como Ella lo deseaba siempre.
Le ayudó a ponerse su bata y la siguió a cuatro patas hasta situarse de rodillas a una distancia prudencial del sillón y la mesita en la que su Ama se disponía a tomar su desayuno habitual: café, zumo natural y tostadas.
- Hueles mal. ¿Has limpiado ya el chiquero y los establos?
- Sí Señora. Como cada día me he levantado aún de noche. He comido sus divinas y escasas sobras del día anterior y me he dedicado a limpiar la pocilga y los excrementos de los caballos. Me he aseado antes de venir a despertarla Señora, pero cada vez este olor me penetra más. Forma parte de mí, será que poco a poco me estoy convirtiendo en uno de ellos Señora.
- Será eso sin duda.- le dijo de forma escueta mientras su imaginación volaba hacia su esclavo y la pocilga con cerdos que había en una parte de la villa.
Volviendo a la realidad le contó:
- Debes saber que hoy es un día especial perro. Y eso significa que tendrás que trabajar mejor y más duro que nunca. A partir de las 12.00 esperamos la llegada de un buen número de Amas y Amos con sus propiedades. Vamos a tener todas las habitaciones del hotel ocupadas. Y por supuesto, quiero que todo esté perfecto y se sientan como en casa.
- Sí mi Señora, trabajaré todo lo que haga falta por complacerla y que se pueda sentir orgullosa de mi trabajo.
- Ocúpate también de la zorra de la cocina, que haga bien su trabajo o lo pagará muy caro. La quiero trabajando sin descanso, y como no cumpla a la perfección tú también serás castigado ¿queda claro?
- Sí Ama, muy claro. Me ocuparé de transmitirle sus deseos.
La zorra de la cocina no era otra que la madre de su esclavo personal y también del jardinero. Todos trabajaban para Ella por el mero hecho de servirla, de adorarla. La madre y sus dos crías buscaban afanosamente el sufrimiento en su vida, no concebían otro modo de vivir ya que eran masoquistas, todos. Obviamente en este caso el refrán de tal palo, tales astillas, resultaba totalmente cierto. Sería muy difícil decir quien era el peor de ellos.
Así ocurrió que poco a poco, la Señora fue haciéndose primero con el dominio de su esclavo personal, otorgándole por puro placer el sufrimiento y la tortura que su vida masoquista demandaba, lo que provocaría la envidia incontenible de su madre y hermano, que un buen día se arrastraron a sus pies suplicando recibir el mismo trato.
Por supuesto Ella no se lo pensó dos veces. La madre, aunque bastante zorra por naturaleza, podría encargarse de la cocina en su hotel rural, y el otro miserable podría trabajar de jardinero y en el huerto. A cambio, sólo recibirían exigencias, sufrimiento, dolor, más trabajo y más sufrimiento aún. Todo un sueño para cualquiera de ellos.
Los peores trabajos, los más duros y sucios los reservaba para su mascota especial.
Pero también aquellos especiales que tenían que ver con Ella y con la adoración de un esclavo a su Ama.
- Ama, ¿que ropa desea que le prepare?
- Hoy me apetece montar mientras superviso los trabajos para la llegada de los huéspedes. Así que la blusa y el pantalón blancos, las botas de montar y la chaqueta negra. No olvides el casco, los guantes y mi fusta de cuero.
- Sí Ama, prepararé su ropa y me prepararé yo en seguida.
Ella disfrutó al ver la rapidez con la que su esclavo había captado sus intenciones. Le gustaba montar y llevar al galope a su caballo pura sangre por las extensas tierras. Pero montar a su esclavo y que este la llevara por las dependencias de la villa era otro de los placeres que vivía.
Mientras lo montaba, lo trataba exactamente igual que se trata a un caballo. Con el tiempo habían llegado a un lenguaje no verbal que su montura conocía perfectamente. La dirección a seguir la marcaba las riendas sujetas a su bocado haciéndole girar la cabeza en el sentido deseado. Sólo usaba la fusta cuando deseaba que su corcel se lanzara al galope. Para indicarle que fuera más rápido o para ponerlo en movimiento, azuzaba a su pony-boy clavándole los tacones de sus botas en los costados. Lucía ya unas marcas permanentes debidas a los años de monta. De tanto en tanto ella le dedicaba únicamente las palabras y caricias justas de aliento, aquellas que todo animal fiel merece, pero no se excedía.
Después de ayudarla a vestirse se dirigieron hacia una puerta en la propia habitación de la Dueña. Era un cuarto especial de juegos, uno de tantos con los que contaba la casa en realidad. Pero éste era especial porque en ocasiones ella gustaba de jugar con él allí y luego dejarlo encerrado toda la noche, de rodillas, atado a un cepo de cara a la pared en la cual había una minúscula abertura. A través de ella él podía ver un poco de la cama de su Dueña y cómo ésta era atendida en el más mínimo de sus deseos por algún guapo y corpulento caballero. Cuando esto ocurría resonaba en su cabeza una voz dulce pero cargada de crueldad que le decía: ¡¡Jamás volverás a meterla!! ¡¡Jamás!! ¡¡Recuérdalo perra de mierda!!
Cómo le excitaba su crueldad sin límites, pero una vez más el apretado cinturón que le impedía siquiera tener una erección en condiciones, le devolvía a su realidad. Por momentos pensaba que iba a enloquecer de deseo cualquier día y que no lo soportaría más, pero afortunadamente allí estaba Ella para ayudarle a asumir su condición y su destino.
- Hoy prefiero que mi pony tenga 4 patas, en posición, vamos.
Él sabía que desde ese momento dejaba de ser humano para ser la montura de su Diosa y como tal debía comportarse. Silenciosamente pensaba en el sufrimiento que le esperaba. La villa era muy grande. En la tercera planta se encontraban las dependencias privadas de la Señora, su habitación, varios cuartos de juego y algunas habitaciones y salones para sus amistades más cercanas. La segunda planta estaba ocupada íntegramente por diez habitaciones destinadas al alojamiento de los clientes del hotel y algún salón acondicionado para juegos. Por último, la planta baja acogía el comedor, un salón principal exquisitamente decorado destinado a la celebración de fiestas o distendidas charlas, una biblioteca y varios pequeños salones más íntimos. La cocina y la lavandería, ocupaban casi un lateral trasero de la casa y tenía acceso directo a la finca y huerto en el que se cultivaban con esmero las mejores frutas y hortalizas de cada temporada.
- Sí, pensaba él. Si la Señora quiere supervisar todos los trabajos me espera una sufrida cabalgada. Ufff, a 4 patas, como más sufrirá mi espalda, si su deseo es reventarme, así sea.
Le colocó todos los arreos necesarios: su silla con estribos…sin mantillo debajo para que el cuero duro siguiera ayudando a curtir su castigada espalda, el bocado completo con las riendas, sus pezuñas delanteras, incluso una hermosa cola de caballo que sobresalía directamente de un plug que insertó en su ano sin mucha contemplación.
- Ahora estás perfecto mi pony.
Lo montó sintiendo su suave relincho de satisfacción al sentir el peso de su Ama sobre él.
Clavó sus tacones en ambos costados y sin una queja comenzó a moverse camino a donde Ella quisiera guiarlo.
Continuará…





